• Viko Hernández

Una danza común y ordinaria - imaginario nº5

por Viko Hernández




Hace 13 años me encontraba realizando una residencia en un país extranjero, portaba un corte de cabello poco convencional que solía ser muy llamativo para muchas personas, era casi inevitable sentir las miradas de los que tenían que compartir el transporte público conmigo. Un día por la mañana en aquel país lejano, a un lado de mí en el camión venía una señora de avanzada edad y no paraba de observarme, después de varios minutos ella amablemente me pidió autorización para poder preguntarme algo, yo accedí sin problema. Me preguntó si era un yogui, a lo que yo calmadamente y sonriendo le contesté que no, que era un bailarín, de danza contemporánea agregué. Su expresión fue tan normal que por primera vez tuve una sensación muy distinta ante esa respuesta, parecía que había contestado algo tan común como ser doctor, ingeniero o contador. Esa mujer dialogó conmigo los siguientes minutos del trayecto a mi destino, solía ver danza en los festivales culturales de la ciudad que había en verano, me deseó buen camino y bajé del camión hacia mi destino.


Han pasado muchos años y esa experiencia aparentemente poco trascendental ha regresado a mi memoria en numerables ocasiones, desde esa experiencia he podido imaginar una sociedad en la que es tan cotidiano escucharte decir que eres bailarín como si dijeras que eres ingeniero. Recibir con la misma paz y tranquilidad ambas profesiones en el oído, asumirnos como una sociedad que tiene el mismo nivel de ignorancia sobre las actividades específicas que haces como profesional cuando dices que eres bailarín que cuando dices que eres ingeniero, porque admitámoslo, ¿cuántos sabemos realmente que hace un ingeniero?


Aquí es el momento propicio para una confesión, estudié la carrera de Ingeniería Industrial, me titulé e incluso tengo mi cédula profesional que lo avala. Nunca me he definido como ingeniero, siempre aclaro que estudié ingeniería pero no soy ingeniero (sutil pero importante diferencia), de hecho no tendría idea de qué hacer si me dieran un trabajo de ingeniería actualmente. Soy bailarín, un bailarín sin cédula.


Regresando a esta sociedad imaginaria que a veces aparece en mi cabeza, es una sociedad que baila harto, aquí la gente es consciente de lo mucho que baila todo el tiempo, cuando a alguien le gusta bailar no lo presume, no tiene sentido hacerlo, porque para todos es tan normal bailar como lo es saber leer o escribir. Saben que aprender a bailar te posibilita acceder a un tipo de conocimiento muy distinto al que no accederías si no lo aprendieras, incluso existe el rumor heredado por generaciones sobre la necesidad de saber bailar para poder superarte y ser alguien en la vida.


Esta sociedad imaginaria no es tan perfecta, tampoco ha logrado erradicar las desigualdades sociales por lo que no todos saben leer, escribir o bailar y aquellas mayorías que no acceden a ser instruidos en danza se ilusionan de saber que hay alguien cercano que les puede compartir ese extraño conocimiento en algún momento y sobre todo no pierden la esperanza, pues saben que nunca es tarde para poder aprender a bailar. Hay quienes lo aprenden dentro de su núcleo familiar y otros muchos son instruidos en escuelas públicas y privadas al respecto. Algunos de los sectores sociales menos favorecidos económicamente pasan toda su vida trabajando de sol a sol con tal de que su descendencia logre aprender a bailar aunque sea un poquito, pues creen firmemente que solo aprendiendo a bailar podrán superarse en la vida, escapar así de la pobreza y dejar de ser estigmatizados por no bailar como lo único peor a ser iletrado o analfabeta. Ser ibailado (término inventado en este imaginario para designar a la gente que no sabe bailar) es el peldaño más bajo dentro de la falsa idea de progreso de este mundo ficticio.




Para estos bailadores imaginarios ver a gente bailar es algo muy cotidiano, aprenden desde pequeños que hay una diversidad infinita de tipo de letras, idiomas y danzas. También entienden que viven en un lugar donde la danza es una de las muchos oficios de la vida humana. Puedes ir a un pueblito lejano y a veces recibes indicaciones sobre la esquina donde pasa el camión que te llevará de regreso a la ciudad y la referencia es “enfrente de la casa del bailarín y a un costado de la casa de la doctora”, incluso te advierten que le puedes preguntar a cualquier otra persona y sin problema sabrán decirte cómo reconocer esa casas.


En esta sociedad no se comercializa la danza en un sistema de validaciones curriculares, el conocimiento generado por y a través del bailar se va entretejiendo de formas ingeniosas con diversos oficios y actividades sociales todo el tiempo. Existen danzas de divulgación científica, danzas de entretenimiento, danzas tecnológicas, danzas documentales, danzas futuristas, en fin tantas danzas que incluso algunas no se pueden enunciar con las palabras de nuestra realidad no imaginaria.


Esta sociedad que imagino espanta a algunos de los que bailan en estos tiempos contemporáneos de nuestro mundo “real” o esa impresión me dan muchas veces porque de algunos de ellos me parece que solo aprendieron a bailar para presumirlo en las redes sociales con sus 2 mil amigos imaginarios o los escucho defender con vehemencia la importancia de la danza para nuestra sociedad como algo especial por encima de otros oficios, los escucho constantemente defender la dignidad y reconocimiento que el estado y la sociedad tiene que tener por sus bailarines, sus artistas, los sensibles.


Aquí tengo que hacer nuevamente una confesión más, tengo que ser sincero al decir que he conocido a contadoras, científicas, comerciantes, ambulantes, desempleados, estudiantes, campesinas, madres, padres, abuelas e hijos sumamente sensibles y muchas de estas personas no saben o no les gusta bailar.


Me gustaría pensar que el bailar nos ha enseñado desde nuestro interior que no somos más importantes que cualquier otro, o que somos igual de importantes que cualquier otro (si sueles ver el vaso medio lleno), que el bailar nos ha conectado desde los rincones más exóticos del cuerpo para reconocer lo común y cotidianos que somos todos los humanos y que gracias a esa comunión entendida sabemos que no somos más importantes o más valiosos por dedicarnos al arte. Este ímpetu por defender la importancia de “nosotros los artistas” incluso irrumpe dentro de la misma danza, ser bailarín de ballet todavía es mejor para muchos que ser bailarín de guaracha, funk, merengue o cualquier otro tipo de bailongo.




A veces olvidamos que las vanguardias de nuestras tan veneradas corrientes artísticas que mayoritariamente enseñamos como principales referentes tienen en algunos casos más de 100 años de viejitas, aún así es inagotable la estéril discusión de lo que sí es danza todavía. En la sociedad imaginaria de la que platicaba, todos entienden que entre baile, danza, bailongo, bailarín, bailador o danzante, la única diferencia radica en la amplitud del léxico que sueles utilizar al hablar.


Si la danza se volviese un oficio común y ordinario entonces visualizo un espacio interesante, puedo imaginar a bailarines con fuerza de convocatoria de masas que entienden de forma clara y contundente que la pelea por la dignificación de salarios y mejores condiciones laborales no es una lucha que le pertenece a los artistas. Al menos no en este país, en este país la lucha en contra de la precariedad es de todos o al menos tendría que serlo porque vivimos en un México que salvajemente evidencia en todos sus rincones un abandono y olvido cada vez más insostenible de las mayorías, es una lucha donde lo menos importante es tu profesión. Somos un país explotado y pisoteado por unos pocos que no excluye a ninguna profesión.


Aquel que nace en un contexto de extrema pobreza difícilmente escapa de él sin importar lo que alcance a desarrollar como profesión si es que lo logra. Somos un país que brutalmente nos enseña dificultades económicas en todo tipo de profesiones, para muestra bastaría observar el incontable número de “simidoctores” que nos atienden por pocos pesitos en cualquier farmacia de la esquina. En este país ni el insuperable y siempre necesario doctor se salva de la precariedad. Por qué tendríamos que luchar como artistas atrincherados en contra de este abandono.


Volviendo a los bailadores de mi imaginario, ahí se asumen ordinarios, tienen siempre presente que gracias a que de forma permanente se baila, se accede constantemente a un tipo de conocimiento que escapa de las lógicas capitalistas, gracias al baile se conoce y convive con muchas realidades distintas y por eso se sabe que la precariedad es una lucha colectiva y permanente y no particular o gremial ajustada a tiempos políticos.


Por eso cuando escucho algún bailarín quejándose de la precariedad de la danza, no puedo evitar pensar que de alguna forma queremos seguir siendo tratados como distintos, menos humanos y más divinos porque somos artistas. Puede ser que el mundo imaginario del que he estado hablando termina contaminando parte de esos discursos cuando los escucho pero puede ser también que esos discursos siguen sin entender lo gigante, compleja y heterogénea que es la realidad dancística de nuestro país.





Una última confesión, mis inicios en la danza fueron muy poco glamurosos, nada dignos de un homenaje en Bellas Artes. Tomé clases en una escuela de baile de una colonia popular por $20 pesitos a la semana, de esa escuela muchos aprendieron a bailar para las fiestas, otros pusieron sus propias academias de baile, los pocos nos adentramos al mundo “virtuoso” de los llamados bailarines profesionales.


Esa escuela pequeña sigue operando y haciendo bailar a cientos de personas de todas edades y condiciones sociales desde hace 29 años, esa escuela representa a su vez una de las muchas realidades de otros espacios independientes regados por todo el país. De los diversos contextos desplegados de esa escuela de baile nunca he escuchado una queja por la reducción o falta de becas y apoyos a la danza, la razón creo entender que es sencilla, la danza apoyada por el estado no los representa, no es parte de su realidad porque nunca lo ha sido. Bailar en esa escuela simplemente es sudorosamente sabroso y divertido.


Me es evidente que estamos en un territorio sumamente complejo y diverso y que encontrar políticas públicas en este país tan enorme que generen un piso parejo para todos es un esfuerzo titánico con tantas y tan distintas desigualdades ya heredadas.


Para no hundirme completamente en la desesperanza, mis reflexiones suelen oscilar más en la capacidad de cargar nuestras palabras con mayor responsabilidad, generar un entendimiento cada vez más heterogéneo y amplio de nuestras danzas y asumir que la estructura que mejor funciona para mi realidad no es ni tendría que ser la misma para todos los demás sin importar el nivel de especialidad y representatividad que tengas dentro de tu profesión u oficio dancístico.


En sutiles ocasiones el mundo imaginado se parece mucho al mundo en el que vivo, en este mundo y gracias a la libertad de poder bailar puedo creer en la maravilla de un pueblo que sabe bailar para entender su danza y sabe bailar para entenderse.


Imagino que un pueblo que baile todo el tiempo desde muchas realidades distintas será un pueblo que enunciará desde el respeto a la diversidad de sus habitantes. Todo participante de las danzas y bailongos tan cotidianos valorará su danza tanto como la danza del otro cuando esta escape a su comprensión o formación.




Sigo imaginando a un pueblo que baila siempre y con ello aprende otro espacio de conocimiento que escapa en gran parte a la razón, un aprendizaje que parte de la relación, la implicación y el goce. Es un pueblo que aprende poco a poco a valorar lo que no siempre es monetizable y es un pueblo en donde sus bailadores no “producen” ni generan “mercados de arte” ni “empresas culturales”, no les urge ajustar su lenguaje dancístico al lenguaje de la producción e industrialización comercial.


Saben que son parte de un pueblo que baila y entiende otras lógicas sobre lo que tiene valor. Defienden con su práctica la sabiduría de la experiencia dancística, saben que cuando comparten una danza, se abrazan y hermanan más allá del gusto personal, porque un pueblo que sabe que la danza es común y es ordinaria, es un pueblo que sabe encontrar esa rebeldía necesaria a la opresión constante de tantos sistemas de opresión vigentes en estos días.


La danza es de esas pocas especificidades que implican al ser desde lo sensible, en prácticamente todas las personas en algún momento de nuestras vidas emerge de forma espontánea algún pequeño baile de gozo o celebración, con la adultez muchos logramos ser muy buenos reprimiendo esas manifestaciones danzarias y algunos otros tenemos que ir de a poco con métodos y herramientas instruidos y academizados para atrevernos a liberarlas nuevamente.



En general pocos humanos mueren sin haber bailado.


No se requiere una estructura compleja alrededor de la posibilidad de bailar.


Nuestra danza es una explosión siempre inmediata a nuestra voluntad.


Esto me hace pensar en lo evidente que tendría que ser para la humanidad que la base que soporta a un bailarín es el gozo, el placer y la diversión de implicarnos tanto en soledad como desde nuestras colectividades. Y las escuelas y profesionales de la danza tendríamos que defender estas manifestaciones desde ese sustento y desprendernos de soportar a la danza con tanta fuerza desde la apariencia, la validación y la comercialización.


Al menos me gusta pensar este ejercicio imaginario como una posibilidad real a nuestra danza en este mundo, o en el último de los casos pensaré que este ejercicio podrá contribuir en algo a una realidad para algún otro mundo que aún no logramos extraer de nuestra imaginación y todos bailaremos bien contentos.








 

©KaizenDanza

Foto 1, Foto 6 - Fotógrafa Stef Rivadeneyra

Foto 3, Foto 4 - Fotógrafa Jennifer Moreno


©Isóptica Agencia Fotográfica de Arte y Cultura

Foto 2, Foto 5 - Fotos del registro en línea del DID2017 UNAM

184 visualizaciones